Quiero mis Creepers (parte 1)

Quiero unos Creepers, quiero unos Creepers, quiero unos Creepers… Una vez que pretendes estar metida de lleno en la “modernez” y que ya eres casi una hipster, no puedes vivir ni un solo segundo más de tu vida sin tener un par de estos impresionantemente cómodos zapatos con plataforma. Creo que yo los vi por primera vez en el videoclip de “Face”, de TZK, aunque puede que los descubriese en las fotos del perfil de una de las zombie girls: una especie de talentoso harén que estos chicos afincados en Madrid llevan (llevaban, que ahora son empresarias y les va de cojones) a sus espaldas. Son guapas, son atrevidas, están en la veintena y son modernas, y yo quería ser como ellas. ¿Cómo? ¿Por dónde empieza todo? Pues por los cimientos. Decidí vestirme por los pies.

Tenía dos opciones: unos Bronx, buena marca, buen material y buen uso, o internet y a lo que salga. Cogí el camino fácil. Entré en una web londinense, una de las doscientas que te ofrecían lo mismo a idéntico precio, y pedí unos completamente negros, con doble plataforma, por el módico precio de 20 euros. Cojonudo. A esperar al mensajero.

Una semana, dos semanas y los puñeteros zapatos no llegaban, y yo que ya me había comprado todo el estilismo, con pantalón corto y medias rotas y todos los accesorios que llevaría una moderna de bien. Una desgracia, y mi gozo en un pozo. Me puse en contacto con el vendedor. Putada. Los zapatos estaban en mi antigua casa, en el bonito y castizo barrio de Chamberí. Allá que me lanzo con una amiga, cual adolescente histérica, a llamar a la puerta de los que, supongo, serán los nuevos y felices inquilinos. Digo “supongo” porque cuando yo vivía en Blanca de Navarra, los techos se nos caían encima y las cucarachas nos acechaban por los ángulos de las paredes.

Llamando desde abajo no nos abrió nadie, así que decidimos esperar a que llegase algún vecino. Joder, qué nerviosa estaba. Quería tener mis Creepers cerca como fuera. Es curioso lo que haces por lograr mantener la sensación de pertenencia, ¿no? Sin mis plataformas vintage, yo no era nadie.

Llegó un habitante de aquel edificio de fachada rancia y vieja, desmerecida, y nos dejó pasar, así, tan pancho. Cierto es que esa calle siempre ha tenido un ambiente muy progre, muy de Fernando Colomo a finales de los 80, y no me sorprendió que nos dejara entrar a pesar de llevar, la una medio brazo tatuado, y la otra un brillante y voluminoso piercing en el septum. Sí, camaleones: aún existen los prejuicios, y no sabéis cuánto.

Subimos. Era el cuarto, sin ascensor. Me repelió el olor, me desagradó el polvo de la escalera, que seguía ahí después de un año, y casi me echan para atrás los millones de recuerdos de mierda que se me agolparon en la frente, queriendo salir o pretendiendo matar a alguien.

Llamé al timbre una vez, y nada. Dos veces seguidas más, y nada. Dedo clavado en el timbre, y nada. Aporreé la puerta con insistencia y diciendo “¡hola, hola, hola!” y, por fin, una voz femenina nada amable, creo que una pariente (digamos novia, digamos follamiga) de R. L. que ya roneaba la zona en los años que viví en el edificio (pero esto igual me lo invento, que le pillé manía a la chica, creo que porque era guapa y llevaba camisas de hombre, prenda que, estoy convencida, jamás me quedará bien), preguntó qué quería. “Mis Creepers, señora. Le han llegado unos zapatos por error, desde Ebay, y son míos. Le ruego que me los devuelva.” La tipa negó tener nada mío en su casa. La tipa era arisca y hosca. La tipa me mató la ilusión de un zarpazo, así que le metí una patada a una de las bombonas de butano que tenía en la puerta mientras pensaba “te jodes, pija de los cojones. Mucha pasta y mucho glamour y todo lo que quieras, rubia, pero tú también tienes que verle la geta al repartidor de butano, el ser más antipático que he conocido en mi vida, así que sí, te jodes. Haberte comprado una vitrocerámica.” Bajamos corriendo y sin mirar atrás y, al llegar a la portería, se me encendió la puta bombilla. Nota desesperada al portero con mi nueva dirección y mi número de teléfono, y a seguir esperando…

Esperé y esperé, y esa noche casi no dormí porque mi asquerosa cabeza no cesaba de imaginarse a la rubia pija con camisas de pavo calzando mis Creepers y zumbándose al buenorro de R. L. y a la puñetera “pistola de su hermano”.

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