Bruscos y sinceras

Llegas a los 30 y te vuelves sincera. Se acaban las medias tintas y el recato; pones fin a años de crear incertidumbre, y dejas de tener la boca entreabierta para parecer sensual (muy de modelos de 20, por cierto) para pasar a cerrarla cuando no quieres que entre ni salga nada, o a abrirla cuando quieres que entre todo, cualquier cosa. Así de sencillo. ¿Lo quiero? Lo pido. Punto.

Por otra parte, encontramos a nuestra antítesis: el chico de 30. Él llega y se vuelve brusco, aunque no por ello más sincero. A los 20, si no quería compromiso, mareaba la perdiz hasta que lograba que lo vieras liarse con cualquier pava en la esquina menos pensada. “¿¿Qué hace este enrollándose con mi mejor amiga en la esquina de mi casa??” Cuando te pasa varias veces, caes en la cuenta de que te está diciendo que te pires, así que acabas por captarlo y lo terminas dejando tú mucho antes, justo cuando empieza a dar vueltas alrededor del pajarraco.

A los 30, cuando no quiere comprometerse contigo, te suelta esto de “es que acabo de salir de una relación y lo he pasado fatal; no estoy preparado; aún pienso en mi exnovia; quiero disfrutar de la vida, que ya me toca”, blablablá, blablablá, blablablá. Guay. ¿Dónde está el problema aquí, si realmente es sincero? Pues la chispita se halla en el hecho de que seis meses después de que hayas asumido que es un espíritu libre, llega a tus oídos que se casa, que ha encontrado a la mujer de su vida, “¡menos mal, quién lo iba a decir!”, y que es otro, y te lo encuentras dándolo todo por la “mari” de turno. Vale. ¿Te sientes mal por eso? Sí, pero no sabes bien por qué. Por una parte, prefieres que te endulce la píldora y que no te suelte eso de “es que yo pa follar sí, pero pa una relación seria quiero a alguien más formal” o “tía, estás buena y eso, pero es que yo siempre he sido de chonis morenas con el eyeliner hasta el pómulo”; por otra, darías un brazo por que alguien te dijera lo que siente por una puta y única vez; tal cual. Entonces, esta treintañera de aquí piensa que no hay forma ni método para soportar la actitud de un treintañero una vez llega a ese punto de su vida en el que lo quiere todo menos a ti. Quiere lo que tuvo, lo que perdió y lo que está por venir, pero a ti no puede quererte, no se sabe por qué jodida y puta artimaña del destino. Dado que esto es así y que no está de dios que la treintañera estándar encuentre una puñetera pareja decente, molaría bastante que un solo tío, sólo uno, dijera la verdad; sin contemplaciones pero sin ir a matar; tal como charlaría con cualquier amigo, pero no estoy segura de que eso sea posible; siempre he creído que los tíos no saben hablar claro.

Tras todo esto, más o menos hilado, que he logrado expulsar, llego a las dos siguientes conclusiones: 1. el treintañero tiene miedo del mundo y de sí mismo, como cuando tenía siete años, 2. y como la única que sabe cuidarlo y protegerlo es su madre, pues encuentra a su alma gemela en el vivo reflejo de su muy querida progenitora: una mujer de bien, decente, que bebe lo justo y sabe estar en su sitio, y que lo ayuda, lo apoya y le espanta las moscas de alrededor.

Estupendo. Conforme me hago mayor y pasa el tiempo, voy afianzando más la certeza de que cada vez deberíamos ser menos sinceras, porque, estoy casi segura, ese amor que es para siempre no ha sido puesto en este mundo para muchas de nosotras. Pediremos follar cuando lo queramos, y todo lo demás que tenga que ver con nuestro gozo y disfrute, también; pero al final, lo que sintamos, lo que nuestra “yo” sincera se muera por mostrar, se lo acabará comiendo la tierra… o nuestra mejor amiga, como ha venido haciendo siempre. Y como no son sinceros, no se merecen que les entreguemos la verdad que llevan consigo nuestros sentimientos. Es sencillo; sencillísimo: “te va a decir lo que siente tu puta madre”.

Hoy cargo con un día agorero, puede ser por eso, pero tengo una cantinela de neón rosa rondando en mi cabeza: “cariño, el amor, este amor, no es ni será para ti”.

Anuncios

La “monstrua” y el Conde

Un viejo conocido, uno de mis clásicos, me dijo un día que no había nada más penoso que oír hablar de amor a una treintañera. Por entonces yo tenía veintipocos y él cuarenta y muchos, así que di por sentado que tenía razón. Aunque parezca mentira, me comí el tópico: una treintañera ya nunca fue lo mismo para mí. Pasaron de ser las chicas de Friends a una especie de Pierre Nodoyuna con tetas. No las miraba igual. Las suponía débiles, necesitadas, desesperadas por alcanzar una meta cuyos ojos se centraban exclusivamente en los culos de veinte. Según mi clásico, llamémosle O (le hacemos justicia; la O es una letra bonita), la mujer se desata al llegar a la treintena. Es una bestia sexual que despierta por el ruidoso tic tac de su reloj biológico. Follar o morir. Procrear o morir. Hasta aquí, vale; le doy la razón.

 Además de esta bonita perla, también tenía la curiosa teoría de que estas mujeres necesitan, ahora necesitamos, colgarse emocionalmente de alguien, ser queridas, recibir cariño, y todo esto sin perder la libertad y reclamando derechos. En definitiva, una tipa rancia que sólo pide por esa boca que chupa pollas por interés genético y sólo busca una cosa, para después soltar al “inútil”, una vez que ya no lo necesita. La treintañera ya no liga, sino que caza y localiza el ADN perfecto; ya no se divierte, sino que finge la risa para atraer al varón (OMG! Lo sé, pero hago citas textuales)… Y yo que siempre pensé que lo que se fingía era el orgasmo…; ya no se visten para ir de fiesta, sino que van como putas para ver si atrapan a algún inepto. Puntualización: la puta no se hace; la puta nace. Yo salgo de fiesta vestida de perra desde que tuve edad para serlo, así que no me jodas, O.

Todo esto y más pensaba O, así que, por proximidad, también lo pensaba yo. Ay, amigo del alma, carne de mis carnes, eso de querer ser como el Conde de Saint Germain te ha jodido las neuronas (y seguro que las pelotas). No se puede ser eterno sin cagarla mucho. ¡Bah! Te perdono, pero no lo hago porque le reste importancia a tus palabras, sino porque no se le debe guardar rencor a un ignorante. Lo que sí hago en tu favor, ahora que hablo por esas mujeres de treinta, porque soy una, es sacarte de la ignorancia, de esa en la que buceas desde hace ya mucho, mucho tiempo.

Vuestra genética nos la pela. Si los niños naciesen por partenogénesis, ten por seguro que nos embarazaríamos solas. ¿Y follaríamos? Por supuesto; como cerdas. ¿Por placer? Obvio. ¿Por amor? También. ¿Por qué? Porque lo único que diferencia a un tío de treinta de una tía de la misma edad son las gónadas y, sí, que esta tiene un aparato reproductor con fecha de caducidad. ¿Es eso lo que mueve a toda treintañera, su caducidad? Ni de coña; hay cosas mucho mejores que hacer que esparcir tu semilla, O. ¿Se enamora la treintañera? Cada día, cada vez que folla, cada vez que mira el sol y sabe que sigue teniendo el mundo en sus manos; se enamora como una niña y no como una cosa seca y rancia que está a punto de que se le pase el arroz. Ay, O, pequeño O: si hubiese sabido todo esto antes, creo que te hubiese hecho eternamente feliz al descubrirte un mundo de mujeres nuevas y cojonudas, nada resentidas y con ganas eternas de divertirse. Pero me tienes a mí. Yo soy el vivo reflejo de lo que temes, y además se podría decir que estoy hecha por ti. Me siento grande y monstruosa, y tú vas cogiendo unos curiosos aires de doctor Frankenstein.

Si recuerdas el final de la peli, olvídalo, O le Comte; no merece la pena que te hagas ilusiones.

 

Mear fuera del tiesto

Bridget ha muerto. Tuvo gracia; lo sé. Bragas gigantes, dieta, dudas a cascoporro y cierto descontrol involuntario. Y, cómo no, un diario. Aquella chica de treinta y tantos era graciosa de cojones y cascó los moldes de toda una generación de mujeres que se jugaba la soltería a todo o nada. Hasta aquí, vale. Muchas se sintieron identificadas. Otras lograron tirar las “bragafajas” a la basura. Bien por ellas. Y ahora, después de todo, tras tanta risa y tras lograr que “los treinta sean los nuevos veinte” (sí, tan triste como lo de que los jueves son los nuevos viernes), Bridget ha caído en el olvido, se ha desfasado, está fuera del tiempo y ya no casa con el prototipo de treintañera de esta nueva década, donde las veinteañeras hipsters semipelirrapadas brotan cual plaga desde las alcantarillas y se dejan las plataformas de sus Creepers en los clubes capitalinos, empastilladas, o no, y derramando una lagrimita por lo que se perdió en los noventa; donde el clubbing se ha vuelto a poner de moda y en la que, no sé si por suerte o por desgracia, puedes tatuarte la carta del restaurante de moda y convertirte ipso facto en una it girl. La historia es vieja: renovarse o morir. Estás o no estás en el mercado. Existes o estás muerta.

Y entre tanta modernidad y tanto desfase, voy yo y cumplo 31. Vale. He aquí el tópico: no me hizo ni puñetera gracia entrar en la treintena. Trabajo, soy independiente y libre, y tan gilipollas (o no) como para potarle en la cara a la estabilidad y los buenos pensamientos que se supone que debo tener a esta edad tan madura. No. No es cuestión de rebeldía; es tan simple como que sigo teniendo ganas de fiesta, me resbala tener hijos o no y me vibran los esfínteres un sábado noche tanto como lo hacían a mis 15. Yo nací para ser una tocapelotas inquieta. Y, entonces, pensando que eso de que te hacías mayor a los 30 era una putada y una creencia rancia, me imaginé plantada en medio de toda esta marabunta de rubias, pelirrojas y peliverdes, todas ellas fans de los Zombie Kids y con la pasta suficiente como para cambiarse las Vans a diario; me imaginé haciendo clubbing y poniéndome hasta el culo de meta en un festival de electrónica. Me imaginé, me vi y me gustó eso de “mear fuera del tiesto”, y me acordé de algo que una amiga me dijo una vez: “Dejaré de ponerme minifalda cuando se me arruguen las rodillas”.

Y, por todo, por rematar a Bridget y por hundirla un poquito más en el barro de las treintañeras de antaño, decidí que quería ser moderna, beber, tatuarme, agujerearme, follar como si no hubiera un mañana buscándole los límites al sexo y ponerme hasta las trancas para dejarme las espinillas bailando con Cyberpunkers; al más puro estilo Bimba o Silvia Superstar, pero con algunos años menos (todo hay que decirlo). Esta década es grande porque parece que no hay nada que pueda estar fuera de lugar. Veremos si es verdad.

No voy a contaros cómo es el mundo ni cómo lo veo. Esto no es un documental, ni un diario de una treintañera, ni un puñetero reportaje-experimento en plan “21 días”. Os doy la bienvenida a mi filosofía de vida: no hay nada que hiciera a los 20 que no vaya a probar a los 30. Sexo, drogas, música, moda y un cuerpo de 30.

¿Habéis mezclado alguna vez Coca Cola con Peta Zetas?