Mear fuera del tiesto

Bridget ha muerto. Tuvo gracia; lo sé. Bragas gigantes, dieta, dudas a cascoporro y cierto descontrol involuntario. Y, cómo no, un diario. Aquella chica de treinta y tantos era graciosa de cojones y cascó los moldes de toda una generación de mujeres que se jugaba la soltería a todo o nada. Hasta aquí, vale. Muchas se sintieron identificadas. Otras lograron tirar las “bragafajas” a la basura. Bien por ellas. Y ahora, después de todo, tras tanta risa y tras lograr que “los treinta sean los nuevos veinte” (sí, tan triste como lo de que los jueves son los nuevos viernes), Bridget ha caído en el olvido, se ha desfasado, está fuera del tiempo y ya no casa con el prototipo de treintañera de esta nueva década, donde las veinteañeras hipsters semipelirrapadas brotan cual plaga desde las alcantarillas y se dejan las plataformas de sus Creepers en los clubes capitalinos, empastilladas, o no, y derramando una lagrimita por lo que se perdió en los noventa; donde el clubbing se ha vuelto a poner de moda y en la que, no sé si por suerte o por desgracia, puedes tatuarte la carta del restaurante de moda y convertirte ipso facto en una it girl. La historia es vieja: renovarse o morir. Estás o no estás en el mercado. Existes o estás muerta.

Y entre tanta modernidad y tanto desfase, voy yo y cumplo 31. Vale. He aquí el tópico: no me hizo ni puñetera gracia entrar en la treintena. Trabajo, soy independiente y libre, y tan gilipollas (o no) como para potarle en la cara a la estabilidad y los buenos pensamientos que se supone que debo tener a esta edad tan madura. No. No es cuestión de rebeldía; es tan simple como que sigo teniendo ganas de fiesta, me resbala tener hijos o no y me vibran los esfínteres un sábado noche tanto como lo hacían a mis 15. Yo nací para ser una tocapelotas inquieta. Y, entonces, pensando que eso de que te hacías mayor a los 30 era una putada y una creencia rancia, me imaginé plantada en medio de toda esta marabunta de rubias, pelirrojas y peliverdes, todas ellas fans de los Zombie Kids y con la pasta suficiente como para cambiarse las Vans a diario; me imaginé haciendo clubbing y poniéndome hasta el culo de meta en un festival de electrónica. Me imaginé, me vi y me gustó eso de “mear fuera del tiesto”, y me acordé de algo que una amiga me dijo una vez: “Dejaré de ponerme minifalda cuando se me arruguen las rodillas”.

Y, por todo, por rematar a Bridget y por hundirla un poquito más en el barro de las treintañeras de antaño, decidí que quería ser moderna, beber, tatuarme, agujerearme, follar como si no hubiera un mañana buscándole los límites al sexo y ponerme hasta las trancas para dejarme las espinillas bailando con Cyberpunkers; al más puro estilo Bimba o Silvia Superstar, pero con algunos años menos (todo hay que decirlo). Esta década es grande porque parece que no hay nada que pueda estar fuera de lugar. Veremos si es verdad.

No voy a contaros cómo es el mundo ni cómo lo veo. Esto no es un documental, ni un diario de una treintañera, ni un puñetero reportaje-experimento en plan “21 días”. Os doy la bienvenida a mi filosofía de vida: no hay nada que hiciera a los 20 que no vaya a probar a los 30. Sexo, drogas, música, moda y un cuerpo de 30.

¿Habéis mezclado alguna vez Coca Cola con Peta Zetas?