El veneno está en la dosis

Cuando algo no me gusta, me sorprende mucho, o me deja alucinando, casi siempre acabo manifestando mi estupefacción con un llano no me drogo lo suficiente; y es verdad. Estoy convencida de que, para muchas cosas y muchos tragos que he pasado y pasaré en esta vida perra, me falta el ingrediente secreto que me ayudaría a entenderlo todo un poquito mejor, o, si no, con menos amargura.

Como les sucedía a Neo en Matrix y a la repelente niña rubia en Alicia en el País de las Maravillas, e incluso como ocurría con el curioso Dr. Jekyll y su inseparable Mr. Hyde, hay cosas que el ser humano necesita, ciertas ayudas o claves mediante las cuales es capaz de explorar todo su potencial; capacidades que el hombre no puede extraer de sí mismo con métodos legales, pero que lleva consigo, agazapadas, las muy perras, y que esperan pacientemente para ser liberadas.

Vistas de cerca y con objetividad, ciertas drogas abren más puertas de las que cierran, y el mundo del cine y la literatura están ahí para mostrarlo y, si hace falta, demostrarlo. Algunos poetas y literatos de finales del siglo XIX y principios del XX parieron las verdades que acompañan al hecho de que la creatividad y la sensibilidad artísticas llevan consigo ciertos desgastes emocionales (llamémoslos insatisfacciones, depresiones, malestares o necesidades que sólo serían cubiertas con algo proveniente de más allá de lo terrenal), por lo que no les estuvo de más caer en la cuenta de que, en un mundo donde primaba lo rudo e industrial, probablemente necesitaran valerse de ciertas sustancias para ayudar a sus almas creativas a alzar el vuelo.

Baudelaire, quien mediante el vino y el opio intentó hallar la sinrazón del desapego de su madre hacia el niño que fue; Frank Belknap Long, quien logró hallar la entrada, mediante los ángulos de las paredes de una habitación y con la ayuda de cierta sustancia azul, hacia extraños universos en los que encontraba a los terroríficos Perros de Tíndalos; M. Aguéiev, cuyo principal protagonista recurre a la cocaína para intentar llenar el vacío que deja el desamor: todos ellos se sirvieron de las drogas para intentar hallar el motivo de su insatisfacción o para paliar sus efectos y, de paso, con ellas liberaron una parte de su ser que es obra maestra en nuestros días.

Paliar y abrir, olvidar e imaginar. Podéis ponerle el nombre que queráis, pero las sustancias “prohibidas” (legales o no) cumplieron su función: mataron demonios, o los durmieron temporalmente, y despertaron a las musas.

Para centrar y situar en el presente la teoría que mantengo, tal vez sea mejor ilustrar con ejemplos más recientes: lexatín, reneuron, trankimazin, diazepam, lorazepam, orfidal, prozac, 2001: Una odisea espacial y Aladdín (todo marcas registradas, que conste). Todas ellas legales, pero sólo consumibles legalmente bajo prescripción médica. Aunque no se sepa bien por qué, no estamos preparados para asumir el mundo y lo que vivimos en él. Necesitamos que nos echen un cable para superar los malos tragos y para evadirnos de la pena, y las drogas, los “venenos”, ayudan a intentarlo. Algunos de estos “venenos” son tolerados socialmente; otros no, pero no por ello dejan de ser exactamente lo mismo: llaves que abren y cierran puertas.

El gobierno estadounidense, la CIA, el LSD y sus Candidatos Manchuria; los psiquiatras, los antidepresivos y sus pacientes; las personas con cáncer y la marihuana; los adolescentes y el alcohol; los festivaleros y el speed o el cristal. Son ejemplos muy dispares, pero ilustran lo mismo: todos los agentes se sirven de un medio para lograr un fin. A veces, el consumo requerido para llegar a ese fin se va de las manos (el deprimido que se pasa con la dosis de ansiolíticos legalmente recetados y muere; el veinteañero que se mete un mal viaje de pastillas adulteradas y casca con las pulsaciones a 250; la “choni” que se pasa con la “farlopa” y acaba vomitando espuma en una cuneta), pero el problema aquí no es la sustancia, sino el exceso y la falta de control. ¡Ay!, pero si se sabe que, de toda la vida, el veneno está en la dosis, ¿a qué viene esto de engañarse ahora, con lo mayores y listos que somos? “Una copita de vino en la comida o en la cena es buena para el corazón, la ansiedad y las infecciones de orina.” “Una botella al día te pone el hígado como las piedras.” Es todo tan obvio que se me salen las flemas por los oídos de la rabia.

¿Se puede controlar algo que es “socialmente” malo? Joder, ¿hay algo “socialmente” menos estimulante que una ciudadana inglesa de cincuenta echando la pota en la plaza de tu pueblo, a la vista de todos? ¿Cuál es la diferencia entre un hombre mayor que va muy mamado y un chico joven que va un poco “enzarpado”? Pues no creo que la haya, salvo por los aterradores hechos de que unas sustancias son controladas (esperemos, porque luego vienen los sustos y las manos en la cabeza, como en el caso de la talidomida) por el Estado y otras no, y de que uno va que no se tiene y el otro está más despierto, más activo y es más eficiente. Las drogas cuya producción no está controlada, surgen de vete tú a saber qué cuchitril, y entonces es cuando el Estado, las asociaciones proayuda y los sectores más reaccionarios a la legalización dicen que “las drogas pudren los cerebros”. Sí, vale, pero eso todas, y los hígados, los pulmones, los riñones, las tráqueas, las lenguas, las cadenas de ADN y los sistemas inmunitarios y nerviosos. Todas son lo mismo. Legalizar no supondría otra cosa que regular su consumo y sacar partido a las posibilidades que ofrecen; eso sí, perdiendo los beneficios que, directa o indirectamente, se extraen del mercado negro, el trapicheo y el narcotráfico.

Glassopharma® (comprimidos para chupar), Farlopín 0,5g®… ¿A que lo veis? Yo también.

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Mear fuera del tiesto

Bridget ha muerto. Tuvo gracia; lo sé. Bragas gigantes, dieta, dudas a cascoporro y cierto descontrol involuntario. Y, cómo no, un diario. Aquella chica de treinta y tantos era graciosa de cojones y cascó los moldes de toda una generación de mujeres que se jugaba la soltería a todo o nada. Hasta aquí, vale. Muchas se sintieron identificadas. Otras lograron tirar las “bragafajas” a la basura. Bien por ellas. Y ahora, después de todo, tras tanta risa y tras lograr que “los treinta sean los nuevos veinte” (sí, tan triste como lo de que los jueves son los nuevos viernes), Bridget ha caído en el olvido, se ha desfasado, está fuera del tiempo y ya no casa con el prototipo de treintañera de esta nueva década, donde las veinteañeras hipsters semipelirrapadas brotan cual plaga desde las alcantarillas y se dejan las plataformas de sus Creepers en los clubes capitalinos, empastilladas, o no, y derramando una lagrimita por lo que se perdió en los noventa; donde el clubbing se ha vuelto a poner de moda y en la que, no sé si por suerte o por desgracia, puedes tatuarte la carta del restaurante de moda y convertirte ipso facto en una it girl. La historia es vieja: renovarse o morir. Estás o no estás en el mercado. Existes o estás muerta.

Y entre tanta modernidad y tanto desfase, voy yo y cumplo 31. Vale. He aquí el tópico: no me hizo ni puñetera gracia entrar en la treintena. Trabajo, soy independiente y libre, y tan gilipollas (o no) como para potarle en la cara a la estabilidad y los buenos pensamientos que se supone que debo tener a esta edad tan madura. No. No es cuestión de rebeldía; es tan simple como que sigo teniendo ganas de fiesta, me resbala tener hijos o no y me vibran los esfínteres un sábado noche tanto como lo hacían a mis 15. Yo nací para ser una tocapelotas inquieta. Y, entonces, pensando que eso de que te hacías mayor a los 30 era una putada y una creencia rancia, me imaginé plantada en medio de toda esta marabunta de rubias, pelirrojas y peliverdes, todas ellas fans de los Zombie Kids y con la pasta suficiente como para cambiarse las Vans a diario; me imaginé haciendo clubbing y poniéndome hasta el culo de meta en un festival de electrónica. Me imaginé, me vi y me gustó eso de “mear fuera del tiesto”, y me acordé de algo que una amiga me dijo una vez: “Dejaré de ponerme minifalda cuando se me arruguen las rodillas”.

Y, por todo, por rematar a Bridget y por hundirla un poquito más en el barro de las treintañeras de antaño, decidí que quería ser moderna, beber, tatuarme, agujerearme, follar como si no hubiera un mañana buscándole los límites al sexo y ponerme hasta las trancas para dejarme las espinillas bailando con Cyberpunkers; al más puro estilo Bimba o Silvia Superstar, pero con algunos años menos (todo hay que decirlo). Esta década es grande porque parece que no hay nada que pueda estar fuera de lugar. Veremos si es verdad.

No voy a contaros cómo es el mundo ni cómo lo veo. Esto no es un documental, ni un diario de una treintañera, ni un puñetero reportaje-experimento en plan “21 días”. Os doy la bienvenida a mi filosofía de vida: no hay nada que hiciera a los 20 que no vaya a probar a los 30. Sexo, drogas, música, moda y un cuerpo de 30.

¿Habéis mezclado alguna vez Coca Cola con Peta Zetas?