El príncipe que quiere ser princesa

Había una vez una princesa que, curiosamente, no era, para nada, una princesa. Por una cuestión de sino, o de simple y llana mala suerte, la niña que yo era, tal vez por no soñar con ser princesa sino con ser caballo o cochinilla, es hoy una cosa bien distinta. Lo que yo soy es un príncipe femenino rescatador. Lo malo es que ahora sí que quiero ser princesa. Me hago mayor y salvar siempre, cansa. A veces me engaño: me miro en el espejo que son los demás, mis chicos, mis hombres, y me veo rescatada de mi torre, besada, salvada, querida, deseada, cuidada… pero es sólo un reflejo, un efecto mental, nada más.

Soy yo la que llega a caballo, en plena vorágine de locura y deseo posjuvenil, como un diablo travieso que se ríe de las cosas serias, y encuentra fortalezas grandes, antiguas e indestructibles. Soy yo la que se revienta por dentro pensando en cómo se abrirá la maldita puerta del infranqueable castillo. Soy yo el concienzudo príncipe que desmonta la seguridad de los palacios infernales, quien los quiebra ladrillo a ladrillo, con lágrimas de amor, para dejar salir la luz que hay en ellos. Y ese brillo, toda esa energía buena que estaba encerrada, sale, se esparce, se derrama por el mundo, sana, curada de su encierro y su maldición, y toda esa maravillosa vida que fluye, se escapa, desaparece, como una mentira o como humo, y este príncipe, que tal vez sea sapo, pierde un trocito de su alma, que huye detrás de la luz para intentar recuperarla.

Al contrario que en los cuentos, este príncipe chica que soy yo no come perdices ni vive feliz, sino que reinicia su andadura cual Prometeo, y vuelve a empezar, y en su camino escucha de nuevo el desesperado grito del pájaro enjaulado, y allá va, allá voy, viéndome princesa en los ojos de otro ser que no es más que un humano lleno de luz -porque la luz, la veo, la necesidad, la siento-, pero que parece un animal asustado y que se sirve de mí para renacer. Mi mundo, la fantasía que vivo, está lleno de aves fénix. Yo soy el magma que las impulsa y que queda extinto tras su marcha.

Es triste mi cuento, lo sé, pero siempre he creído que, por terribles que sean, los cuentos tienen un haz de belleza que los hace bonitos y mágicos.

Mi cuento es trágico; mi historia no se parece tanto a la de Cenicienta como a la de Mary Poppins, un espíritu solitario, pero consuela imaginar que, salvo por la falta de lealtad y permanencia de sus rescatados, a la bruja buena la aman intensa y profundamente, aunque se trate de un amor fugaz y efímero que para quienes ella ama acaba por ser fatalmente olvidado.

Hoy tengo este pensamiento; nada frívolo, nada escéptico. Hoy he sentido que me gustaría que me quisieran, y entonces he tirado mi larga y roja trenza por la ventana, la ventana de mi caballo, porque sé que en el fondo me propongo que en este cuento mi caballo tenga ventana, y que yo, siendo príncipe chica, lleve vestidos, y que a mí, un ser rescatador, venga a rescatarme otro príncipe, uno fuerte que no vuele como el ave fénix, sino que tenga los pies clavados en la tierra, firmes y valientes.

Yo, príncipe, quiero ser princesa. Una princesa que viva en la casa del príncipe árbol. Es lo que sueño, al menos, es por lo que hoy me decanto. Tal vez, y este es un tal vez muy inestable, mañana quiera merendarme a los príncipes y a las princesas, y todos acaben calientes y juntitos en una fosa común. Que así sea.