Algunas razones por las que mataría

Cuando vas en el metro y te diriges hacia la salida, y sabes que el camino que te espera es interminable, y entonces decides, porque tienes un punto de vaga acojonante, que prefieres el ascensor. Esperas a que baje haciendo una larga cola compuesta de señoras mayores (mayores, mayores), algún estudiante más gandul que tú y una moderna con la música a toda hostia. Llega el susodicho, pasan las señoras y se van colocando, una a una, justo a la entrada. ¿Qué pasa? Evidente: se hace tapón, no pasa ni Cristo y luchas por no comerte las extensiones color magenta de la moderna, por no meterle la rodilla entre las piernas al universitario (una tiene su pudor) y, finalmente, por no sacar la bazuca y metérsela en las puñeteras bocas a esas señoras mayores, mayores, con el firme y deseado propósito de reventarles la cabeza y esparcir todo lo que salga de ellas por el bonito y brillante acero del elevador.

Esperas el bus en la parada más recóndita de Madrid, a tomar por culo, entre Pozuelo, Aravaca y su puñetera madre. Pasan los minutos. Tienes sed, una sed de cojones. Llevas sentada una media hora, así que te levantas y decides ir a por una Coca Cola a la máquina que tienes justo enfrente, al otro lado de la carretera. El paso de peatones está a unos 100 metros. Llegas al paso y miras de reojo por si viene el bus. Nada. “Peatón, pulse”, unos segundos más, semáforo en verde y te pones a cruzar. Miras todo el rato hacia tu izquierda por si el bendito bus llega ya. Nada. Sigues. Llegas a la máquina. Sacas el euro con veinte y lo metes. Sale la Coca Cola. Miras al otro lado de la carretera. No viene. Abres la lata y te enchufas. Maldita sed y bendito carbónico. Cuatro tragos de golpe, un gustazo que flipas y te lloran los ojos. Los abres. El bus. Agarras el bolso, que lo llevas abierto porque, con la sed, ni lo has cerrado ni pollas; mantienes la lata en el aire para que el líquido no se derrame; miras fijamente al autobusero, que ya te ve, mientras derrapas al frenar para darle al “peatón, pulse”. Te da tiempo. El autobusero te ha visto correr; buena señal. Esos “segundos más” de antes parecen llevar ahora una carga de plomo consigo, los muy hijos de su madre. Verde. Miras de nuevo al conductor. Estás cruzando con el paso acelerado. Se te han caído unas monedas con los saltitos, pero ni de coña vas a recogerlas. La Coca Cola te salpica. Mamona. Ya has cruzado. Treinta metros. Tiras la bebida por si el buen busero te dice algo. Sube la última persona al vehículo, el conductor te mira y chapa las puertas. Se pira delante de tu geta, y ya no te mira más. Eso sí, los pasajeros están todos fijándose en ti; algunos con sorna y otros pensando, simplemente, “te jodes”.

Cuando discutes con alguien y niega haberte dicho algo que, estás segurísima, te ha dicho, y no es que lo niegue delante de un tercero, sino que, para colmo, estáis solos. Vaya cojones.

Ese grandioso momento en el que crees, sabes, sientes que te has enamorado, en el que estás eufórica y efervescente; en el que la divina providencia te ha iluminado entregándote al ser de tu vida, a tu otro yo; sí, ese mismo momento en el que ese “otro yo” te dice que no sabe si eres guapa o no. Aquí, un matiz: no, cariño; la guapa es tu madre, así que vete a echarle el puto polvo a ella.

Un taxista que lleva diez minutos follándote la oreja con mil temas que no te importan en absoluto, pero tú no sabes ser descortés, así que le sigues la bola, consciente de que aún queda un largo trayecto por delante y no es cuestión de indisponerlo. Así que te pones a meter chapa tú también, contándole algo de tu vida, de quién eres, de lo que haces, de política o del color de la polla de las tortugas australianas. Tú que sabes. Bien. Terminas la filípica orgullosa, altiva, sabes relacionarte hasta con los taxistas, eres la hostia, el colmo de la sociabilidad, y llega el hijo de la gran puta y se calla, mira al frente hasta llegar al destino y, cuando va a cobrarte, suelta un simple “diez con treinta, señora”… Pero ¿qué coño te he hecho yo a ti, “peseto” de los cojones? Y te bajas del taxi echando espuma por la boca.

Hay muchas más razones para el exterminio puntual y localizado, pero hoy sólo tengo bilis para estas cinco. Llevo todo el día soltando, y potar, agota.

Anuncios