La “monstrua” y el Conde

Un viejo conocido, uno de mis clásicos, me dijo un día que no había nada más penoso que oír hablar de amor a una treintañera. Por entonces yo tenía veintipocos y él cuarenta y muchos, así que di por sentado que tenía razón. Aunque parezca mentira, me comí el tópico: una treintañera ya nunca fue lo mismo para mí. Pasaron de ser las chicas de Friends a una especie de Pierre Nodoyuna con tetas. No las miraba igual. Las suponía débiles, necesitadas, desesperadas por alcanzar una meta cuyos ojos se centraban exclusivamente en los culos de veinte. Según mi clásico, llamémosle O (le hacemos justicia; la O es una letra bonita), la mujer se desata al llegar a la treintena. Es una bestia sexual que despierta por el ruidoso tic tac de su reloj biológico. Follar o morir. Procrear o morir. Hasta aquí, vale; le doy la razón.

 Además de esta bonita perla, también tenía la curiosa teoría de que estas mujeres necesitan, ahora necesitamos, colgarse emocionalmente de alguien, ser queridas, recibir cariño, y todo esto sin perder la libertad y reclamando derechos. En definitiva, una tipa rancia que sólo pide por esa boca que chupa pollas por interés genético y sólo busca una cosa, para después soltar al “inútil”, una vez que ya no lo necesita. La treintañera ya no liga, sino que caza y localiza el ADN perfecto; ya no se divierte, sino que finge la risa para atraer al varón (OMG! Lo sé, pero hago citas textuales)… Y yo que siempre pensé que lo que se fingía era el orgasmo…; ya no se visten para ir de fiesta, sino que van como putas para ver si atrapan a algún inepto. Puntualización: la puta no se hace; la puta nace. Yo salgo de fiesta vestida de perra desde que tuve edad para serlo, así que no me jodas, O.

Todo esto y más pensaba O, así que, por proximidad, también lo pensaba yo. Ay, amigo del alma, carne de mis carnes, eso de querer ser como el Conde de Saint Germain te ha jodido las neuronas (y seguro que las pelotas). No se puede ser eterno sin cagarla mucho. ¡Bah! Te perdono, pero no lo hago porque le reste importancia a tus palabras, sino porque no se le debe guardar rencor a un ignorante. Lo que sí hago en tu favor, ahora que hablo por esas mujeres de treinta, porque soy una, es sacarte de la ignorancia, de esa en la que buceas desde hace ya mucho, mucho tiempo.

Vuestra genética nos la pela. Si los niños naciesen por partenogénesis, ten por seguro que nos embarazaríamos solas. ¿Y follaríamos? Por supuesto; como cerdas. ¿Por placer? Obvio. ¿Por amor? También. ¿Por qué? Porque lo único que diferencia a un tío de treinta de una tía de la misma edad son las gónadas y, sí, que esta tiene un aparato reproductor con fecha de caducidad. ¿Es eso lo que mueve a toda treintañera, su caducidad? Ni de coña; hay cosas mucho mejores que hacer que esparcir tu semilla, O. ¿Se enamora la treintañera? Cada día, cada vez que folla, cada vez que mira el sol y sabe que sigue teniendo el mundo en sus manos; se enamora como una niña y no como una cosa seca y rancia que está a punto de que se le pase el arroz. Ay, O, pequeño O: si hubiese sabido todo esto antes, creo que te hubiese hecho eternamente feliz al descubrirte un mundo de mujeres nuevas y cojonudas, nada resentidas y con ganas eternas de divertirse. Pero me tienes a mí. Yo soy el vivo reflejo de lo que temes, y además se podría decir que estoy hecha por ti. Me siento grande y monstruosa, y tú vas cogiendo unos curiosos aires de doctor Frankenstein.

Si recuerdas el final de la peli, olvídalo, O le Comte; no merece la pena que te hagas ilusiones.