Un beso para encontrar pareja, muchos para mantenerla

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Una manera de encontrar a esa pareja perfecta que creemos durará toda la vida es a través del beso. Un sólo contacto de labios nos ayuda a evaluar a ese compañero o compañera potencial

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Psicópatas del amor

Psicópatas del amor: exigís cariño cuando no sabéis darlo. Queréis acabar con la rutina, o no estableceros en ella, porque le tenéis pánico, porque creéis que lo mata todo, pero no sois conscientes de que a veces es necesaria para mantener las cosas a flote: si no seguís la rutina de beber agua, de alimentaros, ¿acaso sobrevivís? Ni de coña. No sabéis que el amor ha de ser rutinario también, necesita crecer, hay que atiborrarlo para que no se quede tísico y desnutrido.

El amor es así: duro, trabajoso y difícil de mantener, y sabéis que en este mundo nadie regala nada, y el que da sin recibir, se cansa, y el que regala sin ser regalado, se resiente, y el que mantiene cuando él mismo está en el aire, acaba por flaquear y dejar caer todo lo que se sostiene sobre él. Lo sabéis.

Tal vez por ello haya tanta gente que jamás consigue mantener el amor, un amor que pierde a pesar de haberlo tenido entre los dedos, bien apretado. ¿Cómo es posible que teniéndolo tan sujeto, tan firmemente pegado a sí, ese amor se haya evaporado como si nunca hubiese existido? Pues porque no se puede dejar al amor a su aire ni que se cuide solo; el amor es un niño, un “algo” dependiente que requiere de cuidados ajenos para mantenerse. Si no estáis pendientes, si esperáis a que florezca por sí solo, lo matáis, os lo cargáis, lo reventáis y adiós: otro amor que se va.

Y vosotros, psicópatas del amor, también os escudáis en un pasado para justificar vuestro crimen. Un trauma, un mal trago, y ya os creéis en el derecho de reclamar lo que consideráis vuestro porque os lo han quitado. Como el asesino en serie al que los abusos de su madre extirparon la inocencia y la infancia y lo llevaron a violar y matar a decenas de mujeres; no hay excusa; está en la genética y no hay traumas que valgan. Yo tengo plagas traumáticas, joder, cientos de ellas, y jamás mato amores gratuitamente. Uno no mata aquello que desea y en lo que cree.

Nacéis así, exigiendo atenciones, reclamando el cariño que requerís para seguir vivos, demasiado pendientes de vosotros mismos, egoístas, egocéntricos y malcriados. Os confundís. Pensáis que necesitáis amor personal, íntimo, cuando en realidad sólo queréis que os necesiten, que os ayuden y apoyen en vuestro propósito de seguir aniquilando buenos y puros sentimientos, como asesinos voraces de nuevo; os deshacéis de placer por que aquellos a los que raptáis y tenéis encerrados en vuestras cavernas engañosas supliquen por el amor que sois incapaces de dar, porque, simplemente, no habéis nacido para ello.

No sé cómo ayudaros, psicópatas del amor. No creo que pueda. Aunque yo sí sé mantenerlo y hacerlo cada vez más grande y fuerte, me veo incapaz de mostraros cómo hacerlo. Estáis incapacitados emocionalmente, y no creo que eso tenga mucho remedio.

Os recomiendo un apartheid; sois una verdadera plaga para la humanidad. No es cuestión de aniquilaros, tampoco es eso, pero cuanto menos os crucéis en nuestras vidas y en las de los que amamos, mejor; evitaréis sentiros incómodos y nosotros sufriremos infinitamente menos. Desapareced y comeos entre vosotros, por favor.

El príncipe que quiere ser princesa

Había una vez una princesa que, curiosamente, no era, para nada, una princesa. Por una cuestión de sino, o de simple y llana mala suerte, la niña que yo era, tal vez por no soñar con ser princesa sino con ser caballo o cochinilla, es hoy una cosa bien distinta. Lo que yo soy es un príncipe femenino rescatador. Lo malo es que ahora sí que quiero ser princesa. Me hago mayor y salvar siempre, cansa. A veces me engaño: me miro en el espejo que son los demás, mis chicos, mis hombres, y me veo rescatada de mi torre, besada, salvada, querida, deseada, cuidada… pero es sólo un reflejo, un efecto mental, nada más.

Soy yo la que llega a caballo, en plena vorágine de locura y deseo posjuvenil, como un diablo travieso que se ríe de las cosas serias, y encuentra fortalezas grandes, antiguas e indestructibles. Soy yo la que se revienta por dentro pensando en cómo se abrirá la maldita puerta del infranqueable castillo. Soy yo el concienzudo príncipe que desmonta la seguridad de los palacios infernales, quien los quiebra ladrillo a ladrillo, con lágrimas de amor, para dejar salir la luz que hay en ellos. Y ese brillo, toda esa energía buena que estaba encerrada, sale, se esparce, se derrama por el mundo, sana, curada de su encierro y su maldición, y toda esa maravillosa vida que fluye, se escapa, desaparece, como una mentira o como humo, y este príncipe, que tal vez sea sapo, pierde un trocito de su alma, que huye detrás de la luz para intentar recuperarla.

Al contrario que en los cuentos, este príncipe chica que soy yo no come perdices ni vive feliz, sino que reinicia su andadura cual Prometeo, y vuelve a empezar, y en su camino escucha de nuevo el desesperado grito del pájaro enjaulado, y allá va, allá voy, viéndome princesa en los ojos de otro ser que no es más que un humano lleno de luz -porque la luz, la veo, la necesidad, la siento-, pero que parece un animal asustado y que se sirve de mí para renacer. Mi mundo, la fantasía que vivo, está lleno de aves fénix. Yo soy el magma que las impulsa y que queda extinto tras su marcha.

Es triste mi cuento, lo sé, pero siempre he creído que, por terribles que sean, los cuentos tienen un haz de belleza que los hace bonitos y mágicos.

Mi cuento es trágico; mi historia no se parece tanto a la de Cenicienta como a la de Mary Poppins, un espíritu solitario, pero consuela imaginar que, salvo por la falta de lealtad y permanencia de sus rescatados, a la bruja buena la aman intensa y profundamente, aunque se trate de un amor fugaz y efímero que para quienes ella ama acaba por ser fatalmente olvidado.

Hoy tengo este pensamiento; nada frívolo, nada escéptico. Hoy he sentido que me gustaría que me quisieran, y entonces he tirado mi larga y roja trenza por la ventana, la ventana de mi caballo, porque sé que en el fondo me propongo que en este cuento mi caballo tenga ventana, y que yo, siendo príncipe chica, lleve vestidos, y que a mí, un ser rescatador, venga a rescatarme otro príncipe, uno fuerte que no vuele como el ave fénix, sino que tenga los pies clavados en la tierra, firmes y valientes.

Yo, príncipe, quiero ser princesa. Una princesa que viva en la casa del príncipe árbol. Es lo que sueño, al menos, es por lo que hoy me decanto. Tal vez, y este es un tal vez muy inestable, mañana quiera merendarme a los príncipes y a las princesas, y todos acaben calientes y juntitos en una fosa común. Que así sea.

Algunas razones por las que mataría

Cuando vas en el metro y te diriges hacia la salida, y sabes que el camino que te espera es interminable, y entonces decides, porque tienes un punto de vaga acojonante, que prefieres el ascensor. Esperas a que baje haciendo una larga cola compuesta de señoras mayores (mayores, mayores), algún estudiante más gandul que tú y una moderna con la música a toda hostia. Llega el susodicho, pasan las señoras y se van colocando, una a una, justo a la entrada. ¿Qué pasa? Evidente: se hace tapón, no pasa ni Cristo y luchas por no comerte las extensiones color magenta de la moderna, por no meterle la rodilla entre las piernas al universitario (una tiene su pudor) y, finalmente, por no sacar la bazuca y metérsela en las puñeteras bocas a esas señoras mayores, mayores, con el firme y deseado propósito de reventarles la cabeza y esparcir todo lo que salga de ellas por el bonito y brillante acero del elevador.

Esperas el bus en la parada más recóndita de Madrid, a tomar por culo, entre Pozuelo, Aravaca y su puñetera madre. Pasan los minutos. Tienes sed, una sed de cojones. Llevas sentada una media hora, así que te levantas y decides ir a por una Coca Cola a la máquina que tienes justo enfrente, al otro lado de la carretera. El paso de peatones está a unos 100 metros. Llegas al paso y miras de reojo por si viene el bus. Nada. “Peatón, pulse”, unos segundos más, semáforo en verde y te pones a cruzar. Miras todo el rato hacia tu izquierda por si el bendito bus llega ya. Nada. Sigues. Llegas a la máquina. Sacas el euro con veinte y lo metes. Sale la Coca Cola. Miras al otro lado de la carretera. No viene. Abres la lata y te enchufas. Maldita sed y bendito carbónico. Cuatro tragos de golpe, un gustazo que flipas y te lloran los ojos. Los abres. El bus. Agarras el bolso, que lo llevas abierto porque, con la sed, ni lo has cerrado ni pollas; mantienes la lata en el aire para que el líquido no se derrame; miras fijamente al autobusero, que ya te ve, mientras derrapas al frenar para darle al “peatón, pulse”. Te da tiempo. El autobusero te ha visto correr; buena señal. Esos “segundos más” de antes parecen llevar ahora una carga de plomo consigo, los muy hijos de su madre. Verde. Miras de nuevo al conductor. Estás cruzando con el paso acelerado. Se te han caído unas monedas con los saltitos, pero ni de coña vas a recogerlas. La Coca Cola te salpica. Mamona. Ya has cruzado. Treinta metros. Tiras la bebida por si el buen busero te dice algo. Sube la última persona al vehículo, el conductor te mira y chapa las puertas. Se pira delante de tu geta, y ya no te mira más. Eso sí, los pasajeros están todos fijándose en ti; algunos con sorna y otros pensando, simplemente, “te jodes”.

Cuando discutes con alguien y niega haberte dicho algo que, estás segurísima, te ha dicho, y no es que lo niegue delante de un tercero, sino que, para colmo, estáis solos. Vaya cojones.

Ese grandioso momento en el que crees, sabes, sientes que te has enamorado, en el que estás eufórica y efervescente; en el que la divina providencia te ha iluminado entregándote al ser de tu vida, a tu otro yo; sí, ese mismo momento en el que ese “otro yo” te dice que no sabe si eres guapa o no. Aquí, un matiz: no, cariño; la guapa es tu madre, así que vete a echarle el puto polvo a ella.

Un taxista que lleva diez minutos follándote la oreja con mil temas que no te importan en absoluto, pero tú no sabes ser descortés, así que le sigues la bola, consciente de que aún queda un largo trayecto por delante y no es cuestión de indisponerlo. Así que te pones a meter chapa tú también, contándole algo de tu vida, de quién eres, de lo que haces, de política o del color de la polla de las tortugas australianas. Tú que sabes. Bien. Terminas la filípica orgullosa, altiva, sabes relacionarte hasta con los taxistas, eres la hostia, el colmo de la sociabilidad, y llega el hijo de la gran puta y se calla, mira al frente hasta llegar al destino y, cuando va a cobrarte, suelta un simple “diez con treinta, señora”… Pero ¿qué coño te he hecho yo a ti, “peseto” de los cojones? Y te bajas del taxi echando espuma por la boca.

Hay muchas más razones para el exterminio puntual y localizado, pero hoy sólo tengo bilis para estas cinco. Llevo todo el día soltando, y potar, agota.

El veneno está en la dosis

Cuando algo no me gusta, me sorprende mucho, o me deja alucinando, casi siempre acabo manifestando mi estupefacción con un llano no me drogo lo suficiente; y es verdad. Estoy convencida de que, para muchas cosas y muchos tragos que he pasado y pasaré en esta vida perra, me falta el ingrediente secreto que me ayudaría a entenderlo todo un poquito mejor, o, si no, con menos amargura.

Como les sucedía a Neo en Matrix y a la repelente niña rubia en Alicia en el País de las Maravillas, e incluso como ocurría con el curioso Dr. Jekyll y su inseparable Mr. Hyde, hay cosas que el ser humano necesita, ciertas ayudas o claves mediante las cuales es capaz de explorar todo su potencial; capacidades que el hombre no puede extraer de sí mismo con métodos legales, pero que lleva consigo, agazapadas, las muy perras, y que esperan pacientemente para ser liberadas.

Vistas de cerca y con objetividad, ciertas drogas abren más puertas de las que cierran, y el mundo del cine y la literatura están ahí para mostrarlo y, si hace falta, demostrarlo. Algunos poetas y literatos de finales del siglo XIX y principios del XX parieron las verdades que acompañan al hecho de que la creatividad y la sensibilidad artísticas llevan consigo ciertos desgastes emocionales (llamémoslos insatisfacciones, depresiones, malestares o necesidades que sólo serían cubiertas con algo proveniente de más allá de lo terrenal), por lo que no les estuvo de más caer en la cuenta de que, en un mundo donde primaba lo rudo e industrial, probablemente necesitaran valerse de ciertas sustancias para ayudar a sus almas creativas a alzar el vuelo.

Baudelaire, quien mediante el vino y el opio intentó hallar la sinrazón del desapego de su madre hacia el niño que fue; Frank Belknap Long, quien logró hallar la entrada, mediante los ángulos de las paredes de una habitación y con la ayuda de cierta sustancia azul, hacia extraños universos en los que encontraba a los terroríficos Perros de Tíndalos; M. Aguéiev, cuyo principal protagonista recurre a la cocaína para intentar llenar el vacío que deja el desamor: todos ellos se sirvieron de las drogas para intentar hallar el motivo de su insatisfacción o para paliar sus efectos y, de paso, con ellas liberaron una parte de su ser que es obra maestra en nuestros días.

Paliar y abrir, olvidar e imaginar. Podéis ponerle el nombre que queráis, pero las sustancias “prohibidas” (legales o no) cumplieron su función: mataron demonios, o los durmieron temporalmente, y despertaron a las musas.

Para centrar y situar en el presente la teoría que mantengo, tal vez sea mejor ilustrar con ejemplos más recientes: lexatín, reneuron, trankimazin, diazepam, lorazepam, orfidal, prozac, 2001: Una odisea espacial y Aladdín (todo marcas registradas, que conste). Todas ellas legales, pero sólo consumibles legalmente bajo prescripción médica. Aunque no se sepa bien por qué, no estamos preparados para asumir el mundo y lo que vivimos en él. Necesitamos que nos echen un cable para superar los malos tragos y para evadirnos de la pena, y las drogas, los “venenos”, ayudan a intentarlo. Algunos de estos “venenos” son tolerados socialmente; otros no, pero no por ello dejan de ser exactamente lo mismo: llaves que abren y cierran puertas.

El gobierno estadounidense, la CIA, el LSD y sus Candidatos Manchuria; los psiquiatras, los antidepresivos y sus pacientes; las personas con cáncer y la marihuana; los adolescentes y el alcohol; los festivaleros y el speed o el cristal. Son ejemplos muy dispares, pero ilustran lo mismo: todos los agentes se sirven de un medio para lograr un fin. A veces, el consumo requerido para llegar a ese fin se va de las manos (el deprimido que se pasa con la dosis de ansiolíticos legalmente recetados y muere; el veinteañero que se mete un mal viaje de pastillas adulteradas y casca con las pulsaciones a 250; la “choni” que se pasa con la “farlopa” y acaba vomitando espuma en una cuneta), pero el problema aquí no es la sustancia, sino el exceso y la falta de control. ¡Ay!, pero si se sabe que, de toda la vida, el veneno está en la dosis, ¿a qué viene esto de engañarse ahora, con lo mayores y listos que somos? “Una copita de vino en la comida o en la cena es buena para el corazón, la ansiedad y las infecciones de orina.” “Una botella al día te pone el hígado como las piedras.” Es todo tan obvio que se me salen las flemas por los oídos de la rabia.

¿Se puede controlar algo que es “socialmente” malo? Joder, ¿hay algo “socialmente” menos estimulante que una ciudadana inglesa de cincuenta echando la pota en la plaza de tu pueblo, a la vista de todos? ¿Cuál es la diferencia entre un hombre mayor que va muy mamado y un chico joven que va un poco “enzarpado”? Pues no creo que la haya, salvo por los aterradores hechos de que unas sustancias son controladas (esperemos, porque luego vienen los sustos y las manos en la cabeza, como en el caso de la talidomida) por el Estado y otras no, y de que uno va que no se tiene y el otro está más despierto, más activo y es más eficiente. Las drogas cuya producción no está controlada, surgen de vete tú a saber qué cuchitril, y entonces es cuando el Estado, las asociaciones proayuda y los sectores más reaccionarios a la legalización dicen que “las drogas pudren los cerebros”. Sí, vale, pero eso todas, y los hígados, los pulmones, los riñones, las tráqueas, las lenguas, las cadenas de ADN y los sistemas inmunitarios y nerviosos. Todas son lo mismo. Legalizar no supondría otra cosa que regular su consumo y sacar partido a las posibilidades que ofrecen; eso sí, perdiendo los beneficios que, directa o indirectamente, se extraen del mercado negro, el trapicheo y el narcotráfico.

Glassopharma® (comprimidos para chupar), Farlopín 0,5g®… ¿A que lo veis? Yo también.

Bruscos y sinceras

Llegas a los 30 y te vuelves sincera. Se acaban las medias tintas y el recato; pones fin a años de crear incertidumbre, y dejas de tener la boca entreabierta para parecer sensual (muy de modelos de 20, por cierto) para pasar a cerrarla cuando no quieres que entre ni salga nada, o a abrirla cuando quieres que entre todo, cualquier cosa. Así de sencillo. ¿Lo quiero? Lo pido. Punto.

Por otra parte, encontramos a nuestra antítesis: el chico de 30. Él llega y se vuelve brusco, aunque no por ello más sincero. A los 20, si no quería compromiso, mareaba la perdiz hasta que lograba que lo vieras liarse con cualquier pava en la esquina menos pensada. “¿¿Qué hace este enrollándose con mi mejor amiga en la esquina de mi casa??” Cuando te pasa varias veces, caes en la cuenta de que te está diciendo que te pires, así que acabas por captarlo y lo terminas dejando tú mucho antes, justo cuando empieza a dar vueltas alrededor del pajarraco.

A los 30, cuando no quiere comprometerse contigo, te suelta esto de “es que acabo de salir de una relación y lo he pasado fatal; no estoy preparado; aún pienso en mi exnovia; quiero disfrutar de la vida, que ya me toca”, blablablá, blablablá, blablablá. Guay. ¿Dónde está el problema aquí, si realmente es sincero? Pues la chispita se halla en el hecho de que seis meses después de que hayas asumido que es un espíritu libre, llega a tus oídos que se casa, que ha encontrado a la mujer de su vida, “¡menos mal, quién lo iba a decir!”, y que es otro, y te lo encuentras dándolo todo por la “mari” de turno. Vale. ¿Te sientes mal por eso? Sí, pero no sabes bien por qué. Por una parte, prefieres que te endulce la píldora y que no te suelte eso de “es que yo pa follar sí, pero pa una relación seria quiero a alguien más formal” o “tía, estás buena y eso, pero es que yo siempre he sido de chonis morenas con el eyeliner hasta el pómulo”; por otra, darías un brazo por que alguien te dijera lo que siente por una puta y única vez; tal cual. Entonces, esta treintañera de aquí piensa que no hay forma ni método para soportar la actitud de un treintañero una vez llega a ese punto de su vida en el que lo quiere todo menos a ti. Quiere lo que tuvo, lo que perdió y lo que está por venir, pero a ti no puede quererte, no se sabe por qué jodida y puta artimaña del destino. Dado que esto es así y que no está de dios que la treintañera estándar encuentre una puñetera pareja decente, molaría bastante que un solo tío, sólo uno, dijera la verdad; sin contemplaciones pero sin ir a matar; tal como charlaría con cualquier amigo, pero no estoy segura de que eso sea posible; siempre he creído que los tíos no saben hablar claro.

Tras todo esto, más o menos hilado, que he logrado expulsar, llego a las dos siguientes conclusiones: 1. el treintañero tiene miedo del mundo y de sí mismo, como cuando tenía siete años, 2. y como la única que sabe cuidarlo y protegerlo es su madre, pues encuentra a su alma gemela en el vivo reflejo de su muy querida progenitora: una mujer de bien, decente, que bebe lo justo y sabe estar en su sitio, y que lo ayuda, lo apoya y le espanta las moscas de alrededor.

Estupendo. Conforme me hago mayor y pasa el tiempo, voy afianzando más la certeza de que cada vez deberíamos ser menos sinceras, porque, estoy casi segura, ese amor que es para siempre no ha sido puesto en este mundo para muchas de nosotras. Pediremos follar cuando lo queramos, y todo lo demás que tenga que ver con nuestro gozo y disfrute, también; pero al final, lo que sintamos, lo que nuestra “yo” sincera se muera por mostrar, se lo acabará comiendo la tierra… o nuestra mejor amiga, como ha venido haciendo siempre. Y como no son sinceros, no se merecen que les entreguemos la verdad que llevan consigo nuestros sentimientos. Es sencillo; sencillísimo: “te va a decir lo que siente tu puta madre”.

Hoy cargo con un día agorero, puede ser por eso, pero tengo una cantinela de neón rosa rondando en mi cabeza: “cariño, el amor, este amor, no es ni será para ti”.

La “monstrua” y el Conde

Un viejo conocido, uno de mis clásicos, me dijo un día que no había nada más penoso que oír hablar de amor a una treintañera. Por entonces yo tenía veintipocos y él cuarenta y muchos, así que di por sentado que tenía razón. Aunque parezca mentira, me comí el tópico: una treintañera ya nunca fue lo mismo para mí. Pasaron de ser las chicas de Friends a una especie de Pierre Nodoyuna con tetas. No las miraba igual. Las suponía débiles, necesitadas, desesperadas por alcanzar una meta cuyos ojos se centraban exclusivamente en los culos de veinte. Según mi clásico, llamémosle O (le hacemos justicia; la O es una letra bonita), la mujer se desata al llegar a la treintena. Es una bestia sexual que despierta por el ruidoso tic tac de su reloj biológico. Follar o morir. Procrear o morir. Hasta aquí, vale; le doy la razón.

 Además de esta bonita perla, también tenía la curiosa teoría de que estas mujeres necesitan, ahora necesitamos, colgarse emocionalmente de alguien, ser queridas, recibir cariño, y todo esto sin perder la libertad y reclamando derechos. En definitiva, una tipa rancia que sólo pide por esa boca que chupa pollas por interés genético y sólo busca una cosa, para después soltar al “inútil”, una vez que ya no lo necesita. La treintañera ya no liga, sino que caza y localiza el ADN perfecto; ya no se divierte, sino que finge la risa para atraer al varón (OMG! Lo sé, pero hago citas textuales)… Y yo que siempre pensé que lo que se fingía era el orgasmo…; ya no se visten para ir de fiesta, sino que van como putas para ver si atrapan a algún inepto. Puntualización: la puta no se hace; la puta nace. Yo salgo de fiesta vestida de perra desde que tuve edad para serlo, así que no me jodas, O.

Todo esto y más pensaba O, así que, por proximidad, también lo pensaba yo. Ay, amigo del alma, carne de mis carnes, eso de querer ser como el Conde de Saint Germain te ha jodido las neuronas (y seguro que las pelotas). No se puede ser eterno sin cagarla mucho. ¡Bah! Te perdono, pero no lo hago porque le reste importancia a tus palabras, sino porque no se le debe guardar rencor a un ignorante. Lo que sí hago en tu favor, ahora que hablo por esas mujeres de treinta, porque soy una, es sacarte de la ignorancia, de esa en la que buceas desde hace ya mucho, mucho tiempo.

Vuestra genética nos la pela. Si los niños naciesen por partenogénesis, ten por seguro que nos embarazaríamos solas. ¿Y follaríamos? Por supuesto; como cerdas. ¿Por placer? Obvio. ¿Por amor? También. ¿Por qué? Porque lo único que diferencia a un tío de treinta de una tía de la misma edad son las gónadas y, sí, que esta tiene un aparato reproductor con fecha de caducidad. ¿Es eso lo que mueve a toda treintañera, su caducidad? Ni de coña; hay cosas mucho mejores que hacer que esparcir tu semilla, O. ¿Se enamora la treintañera? Cada día, cada vez que folla, cada vez que mira el sol y sabe que sigue teniendo el mundo en sus manos; se enamora como una niña y no como una cosa seca y rancia que está a punto de que se le pase el arroz. Ay, O, pequeño O: si hubiese sabido todo esto antes, creo que te hubiese hecho eternamente feliz al descubrirte un mundo de mujeres nuevas y cojonudas, nada resentidas y con ganas eternas de divertirse. Pero me tienes a mí. Yo soy el vivo reflejo de lo que temes, y además se podría decir que estoy hecha por ti. Me siento grande y monstruosa, y tú vas cogiendo unos curiosos aires de doctor Frankenstein.

Si recuerdas el final de la peli, olvídalo, O le Comte; no merece la pena que te hagas ilusiones.

 

Quiero mis Creepers (parte 1)

Quiero unos Creepers, quiero unos Creepers, quiero unos Creepers… Una vez que pretendes estar metida de lleno en la “modernez” y que ya eres casi una hipster, no puedes vivir ni un solo segundo más de tu vida sin tener un par de estos impresionantemente cómodos zapatos con plataforma. Creo que yo los vi por primera vez en el videoclip de “Face”, de TZK, aunque puede que los descubriese en las fotos del perfil de una de las zombie girls: una especie de talentoso harén que estos chicos afincados en Madrid llevan (llevaban, que ahora son empresarias y les va de cojones) a sus espaldas. Son guapas, son atrevidas, están en la veintena y son modernas, y yo quería ser como ellas. ¿Cómo? ¿Por dónde empieza todo? Pues por los cimientos. Decidí vestirme por los pies.

Tenía dos opciones: unos Bronx, buena marca, buen material y buen uso, o internet y a lo que salga. Cogí el camino fácil. Entré en una web londinense, una de las doscientas que te ofrecían lo mismo a idéntico precio, y pedí unos completamente negros, con doble plataforma, por el módico precio de 20 euros. Cojonudo. A esperar al mensajero.

Una semana, dos semanas y los puñeteros zapatos no llegaban, y yo que ya me había comprado todo el estilismo, con pantalón corto y medias rotas y todos los accesorios que llevaría una moderna de bien. Una desgracia, y mi gozo en un pozo. Me puse en contacto con el vendedor. Putada. Los zapatos estaban en mi antigua casa, en el bonito y castizo barrio de Chamberí. Allá que me lanzo con una amiga, cual adolescente histérica, a llamar a la puerta de los que, supongo, serán los nuevos y felices inquilinos. Digo “supongo” porque cuando yo vivía en Blanca de Navarra, los techos se nos caían encima y las cucarachas nos acechaban por los ángulos de las paredes.

Llamando desde abajo no nos abrió nadie, así que decidimos esperar a que llegase algún vecino. Joder, qué nerviosa estaba. Quería tener mis Creepers cerca como fuera. Es curioso lo que haces por lograr mantener la sensación de pertenencia, ¿no? Sin mis plataformas vintage, yo no era nadie.

Llegó un habitante de aquel edificio de fachada rancia y vieja, desmerecida, y nos dejó pasar, así, tan pancho. Cierto es que esa calle siempre ha tenido un ambiente muy progre, muy de Fernando Colomo a finales de los 80, y no me sorprendió que nos dejara entrar a pesar de llevar, la una medio brazo tatuado, y la otra un brillante y voluminoso piercing en el septum. Sí, camaleones: aún existen los prejuicios, y no sabéis cuánto.

Subimos. Era el cuarto, sin ascensor. Me repelió el olor, me desagradó el polvo de la escalera, que seguía ahí después de un año, y casi me echan para atrás los millones de recuerdos de mierda que se me agolparon en la frente, queriendo salir o pretendiendo matar a alguien.

Llamé al timbre una vez, y nada. Dos veces seguidas más, y nada. Dedo clavado en el timbre, y nada. Aporreé la puerta con insistencia y diciendo “¡hola, hola, hola!” y, por fin, una voz femenina nada amable, creo que una pariente (digamos novia, digamos follamiga) de R. L. que ya roneaba la zona en los años que viví en el edificio (pero esto igual me lo invento, que le pillé manía a la chica, creo que porque era guapa y llevaba camisas de hombre, prenda que, estoy convencida, jamás me quedará bien), preguntó qué quería. “Mis Creepers, señora. Le han llegado unos zapatos por error, desde Ebay, y son míos. Le ruego que me los devuelva.” La tipa negó tener nada mío en su casa. La tipa era arisca y hosca. La tipa me mató la ilusión de un zarpazo, así que le metí una patada a una de las bombonas de butano que tenía en la puerta mientras pensaba “te jodes, pija de los cojones. Mucha pasta y mucho glamour y todo lo que quieras, rubia, pero tú también tienes que verle la geta al repartidor de butano, el ser más antipático que he conocido en mi vida, así que sí, te jodes. Haberte comprado una vitrocerámica.” Bajamos corriendo y sin mirar atrás y, al llegar a la portería, se me encendió la puta bombilla. Nota desesperada al portero con mi nueva dirección y mi número de teléfono, y a seguir esperando…

Esperé y esperé, y esa noche casi no dormí porque mi asquerosa cabeza no cesaba de imaginarse a la rubia pija con camisas de pavo calzando mis Creepers y zumbándose al buenorro de R. L. y a la puñetera “pistola de su hermano”.

Mear fuera del tiesto

Bridget ha muerto. Tuvo gracia; lo sé. Bragas gigantes, dieta, dudas a cascoporro y cierto descontrol involuntario. Y, cómo no, un diario. Aquella chica de treinta y tantos era graciosa de cojones y cascó los moldes de toda una generación de mujeres que se jugaba la soltería a todo o nada. Hasta aquí, vale. Muchas se sintieron identificadas. Otras lograron tirar las “bragafajas” a la basura. Bien por ellas. Y ahora, después de todo, tras tanta risa y tras lograr que “los treinta sean los nuevos veinte” (sí, tan triste como lo de que los jueves son los nuevos viernes), Bridget ha caído en el olvido, se ha desfasado, está fuera del tiempo y ya no casa con el prototipo de treintañera de esta nueva década, donde las veinteañeras hipsters semipelirrapadas brotan cual plaga desde las alcantarillas y se dejan las plataformas de sus Creepers en los clubes capitalinos, empastilladas, o no, y derramando una lagrimita por lo que se perdió en los noventa; donde el clubbing se ha vuelto a poner de moda y en la que, no sé si por suerte o por desgracia, puedes tatuarte la carta del restaurante de moda y convertirte ipso facto en una it girl. La historia es vieja: renovarse o morir. Estás o no estás en el mercado. Existes o estás muerta.

Y entre tanta modernidad y tanto desfase, voy yo y cumplo 31. Vale. He aquí el tópico: no me hizo ni puñetera gracia entrar en la treintena. Trabajo, soy independiente y libre, y tan gilipollas (o no) como para potarle en la cara a la estabilidad y los buenos pensamientos que se supone que debo tener a esta edad tan madura. No. No es cuestión de rebeldía; es tan simple como que sigo teniendo ganas de fiesta, me resbala tener hijos o no y me vibran los esfínteres un sábado noche tanto como lo hacían a mis 15. Yo nací para ser una tocapelotas inquieta. Y, entonces, pensando que eso de que te hacías mayor a los 30 era una putada y una creencia rancia, me imaginé plantada en medio de toda esta marabunta de rubias, pelirrojas y peliverdes, todas ellas fans de los Zombie Kids y con la pasta suficiente como para cambiarse las Vans a diario; me imaginé haciendo clubbing y poniéndome hasta el culo de meta en un festival de electrónica. Me imaginé, me vi y me gustó eso de “mear fuera del tiesto”, y me acordé de algo que una amiga me dijo una vez: “Dejaré de ponerme minifalda cuando se me arruguen las rodillas”.

Y, por todo, por rematar a Bridget y por hundirla un poquito más en el barro de las treintañeras de antaño, decidí que quería ser moderna, beber, tatuarme, agujerearme, follar como si no hubiera un mañana buscándole los límites al sexo y ponerme hasta las trancas para dejarme las espinillas bailando con Cyberpunkers; al más puro estilo Bimba o Silvia Superstar, pero con algunos años menos (todo hay que decirlo). Esta década es grande porque parece que no hay nada que pueda estar fuera de lugar. Veremos si es verdad.

No voy a contaros cómo es el mundo ni cómo lo veo. Esto no es un documental, ni un diario de una treintañera, ni un puñetero reportaje-experimento en plan “21 días”. Os doy la bienvenida a mi filosofía de vida: no hay nada que hiciera a los 20 que no vaya a probar a los 30. Sexo, drogas, música, moda y un cuerpo de 30.

¿Habéis mezclado alguna vez Coca Cola con Peta Zetas?